


Martes de carnaval (bueno, en verdad era jueves-sábado)
¿Quiénes seremos hoy nosotros que nunca sabemos quiénes somos?
(poetas en pijama y utópicos rayistas, y un hueso de cartón en pañales, güisky o calimocho, bendito doble o nada, una bruja, menos un disfraz, Egipto y Cleopatra, la musa del laurel y dos que se saben uno, una china y un papel, una mujer oriental, una guitarra y flamenco, tres payasos, seis cuerdas, un camello, un gorrito, la palestina, una tabernera y una mora...a veces somos cronistas de una fiesta...Torres dixit)
Relato adelantado del mundo de las máscaras, asombro de desconocidos, payasos a domicilio, pero siempre sonriendo, siempre felices...en los buenos tragos. Nos volvemos una sola cama, tres colchones, el lecho de la resaca. Volviendo (revolviendo) los recuerdos. Evocando otras noches, esta vez bajo techo, cómo no, siempre la casa de Aurora (como el rosario de la).
(fíjate si fue mágica la noche que la mitad de las fotos han desparecido. Por eso, perdón por no poner todas las que quisiera)


































Tomoko tiene un coche azul antiguo y unas cortinas de baño que huelen a orín (a orín de orina no de herrumbre, que queda claro) Tomoko ama a los koalas que usan el eucalipto como narcótico. Tomoko no levanta la vista por si todo le da vueltas. Se le entiende aunque dice cosas raras. Arrastra las piernas y lleva sobre la cabeza una doble capucha y un pañuelo. Parece acabado, pero resucita al rato, después de dormir y de no-vomitar más que algo de color difuso. Tomoko habla lento, no se atropellan las palabras, no se come las letras. No piensa con claridad, le cuesta trazar recorridos. No sabe si lo que ocurrió fue soñado o lo que soñó fue ocurrido. Tomoko se duerme sobre sus manos en un banco de la plaza, y oye conversaciones que le hacen mantener la mente un poco clara. No quiere agua en la boca, no entra nada más. Tomoko llama tímidamente a Braulio, entre sinsabores y ácidos que derriten abrigos y zapatillas.











