
Te has ido, como los mosquitos, pero sé que volverás a picarme en las venas. Como los malos ratos y las penas (también como los buenos momentos que duran poco). Como el tiempo y la juventud, aún trayendo esperanza y madurez.
Como el-que-vino-por-navidad, después de hincharse a turrón a mi costa. Como las modas (ahora que los nombres están de moda y no estar de moda es estarlo). Como este día, despacio y callado, como uno más, a solas entre la semana y el mes.
Te has ido, como el que baja a por tabaco por la noche y vuelve con churros por la mañana. Como las notas finales de una canción, que siempre son preludio de la siguiente. Te has ido como cuando se me va la cabeza, por los cerros de Úbeda, frontera límite con Babia. Te has ido como se van los muertos, que nunca se van del todo. Como los hastaluegos, los hastaahoras y los hastaprontos, que dan esperanzas de regreso. Como se me va la mano escribiendo y la boca hablando, diciendo mucho pero nada.
Te has ido pero estás aquí al lado. A mi lado. A cada lado. En todos mis lados y contralados.













Tomoko tiene un coche azul antiguo y unas cortinas de baño que huelen a orín (a orín de orina no de herrumbre, que queda claro) Tomoko ama a los koalas que usan el eucalipto como narcótico. Tomoko no levanta la vista por si todo le da vueltas. Se le entiende aunque dice cosas raras. Arrastra las piernas y lleva sobre la cabeza una doble capucha y un pañuelo. Parece acabado, pero resucita al rato, después de dormir y de no-vomitar más que algo de color difuso. Tomoko habla lento, no se atropellan las palabras, no se come las letras. No piensa con claridad, le cuesta trazar recorridos. No sabe si lo que ocurrió fue soñado o lo que soñó fue ocurrido. Tomoko se duerme sobre sus manos en un banco de la plaza, y oye conversaciones que le hacen mantener la mente un poco clara. No quiere agua en la boca, no entra nada más. Tomoko llama tímidamente a Braulio, entre sinsabores y ácidos que derriten abrigos y zapatillas.

































